
Bobby Fischer tuvo un repertorio limitado de aperturas. Era un jugador excepcional y autodidacta de ajedrez y ganó muchos juegos. Pero, debido a ese limitado repertorio, perdió algunos juegos importantes en su carrera. Sin embargo, en 1972, Bobby ganó el campeonato mundial contra el entonces campeón Borís Spaski en el llamado “Match del Siglo”.
El Match del Siglo
La Unión Soviética, en aquel entonces, tenía lo que se llamaba “la maquinaria ajedrecística soviética”; un grupo de ajedrecistas de alto ranking que analizaban a los mejores jugadores del mundo y le daban datos al entonces campeón soviético sobre las debilidades y fortalezas de cada jugador. Como resultado, el campeón soviético actual podía jugar de una forma muy efectiva, haciendo las jugadas que sabía desestabilizarían al adversario.
En el torneo, Fischer actuó de forma errática; quejándose de todo, elevando los nervios de los presentes y perdiendo las dos primeras partidas contra Spaski por errores obvios y por llegada tarde al juego. No obstante, a partir de su tercera partida, empezó a realizar jugadas que nunca nadie había visto. Empezó a ganar juegos, a desestabilizar a Spaski, a jugar con él. Lo venció completamente, en mente y espíritu. Y Spaski nunca volvería a ser el mismo.
La Gran Estafa
La verdad es que Fischer empezó a jugar contra Spaski desde mucho antes. De hecho, empezó desde la tierna edad de 12 años. De ahí a los 29 años jugó exactamente las mismas aperturas. Limitando su juego y perdiendo como consecuencia. Aun así, cerca de dos meses antes de las primeras partidas, uno de sus muy escasos amigos le vio analizando y practicando jugadas completamente diferentes a las que normalmente hacía. “¿Bobby, porqué estás estudiando esos juegos?” – le dijo el amigo. Bobby sonríe de forma enigmática y le dice – “No lo sé, ya veremos”. El resultado de este comportamiento solo se haría evidente para el amigo en el mismo campeonato.
El efecto de su cambio fue tremendo. Debido a que nunca le habían visto jugar en ningún torneo con ese repertorio, ningún maestro soviético analizó sus nuevas jugadas. Spaski, que había vencido a Fisher anteriormente se sentía confiado de que podía vencerle. Además tenía detrás todo el conocimiento de los grandes jugadores soviéticos. Pero al experimentar un estilo de juego completamente diferente no pudo, al igual que su equipo, entender lo que estaba pasando. Era como jugar con una persona completamente diferente. No estaba preparado para eso y se quebró mentalmente.
Perder para Poder Ganar
Lo que me resulta tremendo en la historia de Bobby Fischer, es la extrema disciplina que requirió. El campeón, el cual se dio a conocer como un personaje excéntrico en los torneos y la vida exterior, era en realidad muy disciplinado y organizado en lo que a preparación se refiere. Estaba físicamente en forma, con un régimen de ejercicios muy riguroso. Llevaba un estilo de vida simple, con pocos lujos y distracciones. Y estudiaba de forma autodidacta y metódica las jugadas de sus adversarios.
Al ser un ajedrecista brillante le hubiera sido muy fácil desplegar su estilo nuevo en torneos y partidas anteriores y así vencer a muchos de sus rivales fácilmente. Pero esto hubiera sido una Victoria Pírrica. El costo de su victoria iba a ser tan grande que no podría recuperarse fácilmente y podría haberle costado la corona que tanto ansiaba.
Imagínate como sería ese resultado. En el momento en que sus nuevas jugadas fueran conocidas y obtuvieran un resultado relevante en torneos anteriores, estas entrarían en la base de datos de la maquinaria ajedrecística soviética. Analizarían y desmembrarían todas sus jugadas. Y si tuviera la oportunidad de competir contra el campeón soviético este ya iría preparado. Para poderle superar, Bobby tendría que generar aún más nuevas jugadas, lo cual sería mucho más difícil. Lo más probable, acabaría perdiendo.
Sin embargo, Bobby no hizo eso. Con un deseo enorme de coronarse campeón, se contuvo completamente. Se disciplinó a sí mismo a no tomar acción. Nunca nadie vería lo genial que “realmente” era hasta el momento que fuera necesario. Su victoria, en gran parte, se debió a la idea de que a veces “hay que perder batallas para ganar la guerra”. No le importó perder, porque quería ganar.
Una Mirada por el Telescopio
Tu vida es limitada. Tu tiempo es limitado. Tus energías son limitadas. Tu atención es limitada. Tu memoria es limitada. Tus fuerzas son limitadas. Tu inteligencia es limitada. Todo lo que te rodea tiene límites y no hay nada que puedas hacer al respecto.
Debido a ese hecho, no puedes alcanzar, hacer, o disfrutar de todo lo que existe. Eso te deja con una sola posible solución, tienes que priorizar. Tienes que alcanzar, hacer o disfrutar aquellas cosas que más importen en tu vida. Aquellas cosas que significarían para ti ganar la guerra. ¿Cuáles son esas cosas?
Quizás no tienes ideas de cuáles son, y es normal que así sea. Esto se debe a que los seres humanos tienen la costumbre de buscar la gratificación instantánea. Solo mirando a través del telescopio es que estas situaciones se aclaran. Mirar hacia el futuro es la mejor forma que tiene el ser humano de saltarse las confusiones del presente. Fijando objetivos a largo plazo, incluso aunque estos objetivos no se alcancen, hacen que tu vida cobre sentido. Es con esos objetivos que sabes que batallas ganar y que batallas perder para poder ganar la guerra.
Si fallas en fijarte objetivos a largo plazo y tratas de ganar cada batalla que encuentres, es inevitable que obtengas una Victoria Pírrica. No tienes los recursos suficientes para ganarlas todas. Hay que perder para poder ganar. Hay que equivocarse para aprender a acertar. Hay que invertir para poder recuperar. Hay que descartar para poder aceptar. Esa es la dinámica de la vida. ¿Cómo quieres vivirla?





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